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La obra de Nicolás Casullo era sartreanamente bicéfala: por un lado, el intelectual que intervenía con ensayos y artículos en la discusión de las ideas y de la política; por el otro, el escritor de novelas realistas. Pero tras su muerte, ha aparecido un tercer Casullo: el de la novela Orificio. Escrita durante los '90, ambientada en una Buenos Aires post-derrumbe, moviéndose entre las facciones de la ciudad y las esquirlas de un lenguaje estallado, y publicada ahora por la flamante editorial Astier, el libro no es sólo un presagio áspero e inspirado de la hecatombre, sino también un anticipo inesperado de la reconstrucción. Por Horacio Gonzalez
Se lo escuchaba decir muchas veces a Nicolás Casullo la palabra "pesadilla". En realidad, rondaba alrededor de un concepto: lo pesadillesco. Esta novela, Orificio -novela extraña, que gira alrededor de un punto fijo, acumulativo-, es el relato de una pesadilla. Buenos Aires aparece como una zona arcaica de la memoria, una zona sin tiempo ni razón, donde ha ocurrido un cataclismo que no puede nombrarse. Apenas se perciben efectos, destellos parciales de un gran siniestro cuya causa se ha perdido. Los barrios, las calles, todo es familiar, con intersecciones conocidas -Córdoba y Maure, Avellaneda y Cucha Cucha-, pero al haberse trastrocado la historia con una gran devastación, sus habitantes pertenecen a tribus místicas o alquímicas, que en realidad son pedazos rotos de una lengua extinguida. Orificio es una novela sobre un lenguaje que se ha extraviado y del que restan algunos detritus que ahora -en un tiempo inconcebible, ignoto- dan nombre a personas y agrupamientos de sobrevivientes. |
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